El velorio de Mariano Robles y Solana Albornoz, la pareja fallecida en su auto durante el temporal a la salida de un casamiento, fue una escena atravesada por el dolor colectivo. En una sala velatoria ubicada en el pasaje Padilla al 22, donde fueron despedidos, no hubo pausas para el llanto ni espacio suficiente para contener a todos los que llegaron. Familiares de la pareja, amigos, compañeros de trabajo y conocidos se mezclaban en un mismo clima de conmoción, todavía incrédulos por el desenlace trágico que los unió allí.

El primer piso del edificio se vio colmado desde temprano. Adentro, el silencio solo se quebraba por sollozos persistentes y abrazos largos, de esos que buscan sostener lo que parece derrumbarse. Afuera, sobre la vereda, la escena se replicaba: grupos de personas (mayormente amigos) conversando en voz baja, intentando procesar lo ocurrido, acompañándose como podían.

La familia más cercana de Solana estaba recién llegada de Europa, donde viven varios de ellos.

En medio del dolor, empezaron a surgir las historias. Se armaban pequeños círculos donde alguien recordaba una anécdota de Mariano o de Solana. Algunas lograban dibujar sonrisas fugaces, sobre todo cuando aparecían recuerdos cotidianos, gestos simples, momentos compartidos. Pero esas mismas historias, inevitablemente, terminaban devolviendo a todos al presente: a la ausencia, a la pérdida, al golpe de una muerte que muchos describían como absurda y profundamente injusta. 

Un jefe que sabía escuchar

Quienes habían trabajado con Mariano en la Caja Popular lo recordaban como una persona humilde y cercana. “Era un jefe que sabía escuchar”, repetían. Destacaban su capacidad para reconocer cuando otro sabía más, su apertura para aprender y su forma de liderar acompañando, sin imponer. Ese perfil, coincidían, lo había convertido en alguien muy querido dentro de su entorno laboral.

RECIÉN CASADOS. Una imagen de Mariano y Solana en el registro civil, minutos después de dar el sí.

Los momentos más duros llegaban cuando en las conversaciones aparecían sus hijos. La pareja deja dos niños pequeños, y esa imagen -la de una familia interrumpida- atravesaba cada relato. Era ahí cuando las palabras se quebraban y el llanto volvía a ocupar todo.

En la planta baja y en la vereda, muchos de los amigos elegían salir por momentos. Algunos fumaban, otros simplemente necesitaban aire. Era una forma de aliviar, aunque sea por unos minutos, la tensión que se concentraba con más fuerza en el piso donde estaban los familiares directos, especialmente los mayores, visiblemente afectados.

El velorio fue, en definitiva, una muestra del impacto que Mariano y Solana habían dejado en quienes los rodeaban. Una despedida masiva, cargada de afecto, atravesada por el dolor y por la necesidad de acompañarse en una pérdida que, para muchos, todavía resulta difícil de entender.